Esta mañana, tras una semana en la que a penas he podido prestar atención las novedades en las redes sociales de las que me nutro, he visto en Facebook una foto publicada por mi antiguo profesor de Ciencias para el mundo contemporáneo,
Fernando, que me ha llamado la atención y me ha hecho reflexionar. No he sido capaz de resistirme a aparcar un instante el trabajo de lingüística en el que debería estar trabajando como un loco, ya que voy a contrarreloj, y compartirla con los lectores de mi blog (mis padres, yo, y... Bueno, yo releo mucho.)
La foto en cuestión es esta:

Por un momento, he pensado en un hombre de las cavernas; un solitario, recluido y alejado de todo contacto con el mundo, de todo contacto con la civilización. No sabe nada de sus costumbres, sus gustos, sus ideales,... un ermitaño.
Lo he imaginado abandonando su cueva y, por alguna de esas casualidades que a veces ocurren en el mundo, viendo, como yo esta mañana, la foto: Podría pensar que proviene de una sociedad pesimista, quizás demasiado crítica; o, tal vez, simplemente piense que el creador de la viñeta está descontento con el actual estado de su país. No lo sé a ciencia cierta.
Lo imagino, pasado unos meses -¿o días?- en los cuales ha convivido con nosotros, recordando la imagen y riéndose de sus primeros pensamientos sobre esa sociedad que antes no conocía.
Por último, lo imagino regresando a su cueva y colocando una GRAN PIEDRA en la entrada. Una gran piedra hecha de impenetrable cemento que se endureciese no permitiéndole volver a salir. Por más que en un futuro pueda desearlo.